8.1.07

Kung-fu style

20.45 pm. Un café con flores plásticas. La piel pegoteada por el aire chicloso que entra por la puerta automática.
A mi lado, el bolso.
Delante de mí, toda la gente que pasa rápido. Y los niños que miran las vitrinas mientras son tirados por sus papás. Todo bajo la pátina de Morcheeba y su Big Calm. Todos sonando como una canción de un soundtrack de una película demasiado lenta para mi gusto.
Pero la salida de Santiago fue mejor de lo que pensé. Después de almorzar rápido en mi dpto. y encargarle a la Mopa –mi perra, el oso peludo y sicótico de medio metro- a mis conserjes, partí a aplanar el cemento hirviendo con mis chalas. De ahí una micro. De ahí la oficina. De ahí un par de reuniones, emails, presentaciones varias… y play a mi mp3 y al formato kung-fu.

Caminar en Santiago. No es algo que hago normalmente. Siempre ando en la moto; de la pega a la oficina; de la oficina adonde-quiera-que-vaya. Siempre rápido. Así que lo disfruté. Con el calor y todo, lo disfruté. Atiné a hacer un bolso liviano. Además, hace tiempo que no iba al metro. Nunca me había bajado en Pajaritos. La cola para los pasajes fue poca cosa. Y justo cuando daba 10 pasos para comprar algo en un kiosco… zas!, que perdí el primer bus. Puntualidad inglesa. Plop.
El segundo bus salió a los 5 minutos. 18.45 y ya enfilaba a Viña a buscar a la Romi y los niños. Toda la semana, pobrecitos, en el departamento de mis tíos en Higuerillas. Increíble. Mi tía es decoradora. El depto me mató. Cancha de tenis, piscina, una terraza del porte de mi depto y una vista al club de yates que relaja al más estresado.
Esa fue la semana de la Romi. La mía, entre cine, pega y conversas bien regaladas. Ahora, mi viaje transcurría entre podcasts de la Zero, Buddha bar, un disco de covers de la RockdeLux y la vista increíble del valle de Casablanca con esa luz perfecta de foto ochentera. No me importó ni el viejo durmiendo al lado, ni que el taco de autos argentinos demorara a la Romi casi el equivalente a mi viaje. Osea sí, me molestó un rato, pero luego de probar el sandwich y tomar un poco del café mirando las flores plásticas, me relajé. Me saqué el santiaguino de encima y me cambió la cara.
Es rico andar de peatón un rato. Bajarse de la máquina… y disfrutar el fin de semana que se viene tan rápido como la noche entrando por el ventanal.

2 comentarios:

l'analfabeta dijo...

me encantan los autoretratos de la propia sombra, ¿así será como nos ven las hormigas?...cualquiera en esa circunstancia camina haciendo fila india :D



(yo, pelando el cable, para variar un poco, a estas tempranas horas del jueves)

saluditos!!

:: ritalin :: dijo...

Jajajaja, pelar el cable es como el desayuno necesario para la cabeza. Salu2.